13 octubre, 2017


lo hacemos y ya vemos







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Quise entregarte todos los besos que tenía guardados para cuando nos volviésemos a ver, pero veo distante ya una espera que ha terminado por apagar todas y cada una de las ocasiones en las que lo podríamos haber hecho. Rozarte de nuevo sin denuncia ni miedo. Beber de tus miles de dudas y caminar por encima de todas la veces que nos decimos que no. Romper esa cabeza que de tanto hielo solo sabe vivir en invierno. Presentarte al calor inagotable de este octubre que huele a preludio de historias interminables. No sé si voy a soportar mucho más estas ganas de verdad que hierven dentro de mi cuerpo. De "lo hacemos y ya vemos", de "no tengas miedo". Que me queman las tripas cada vez que pienso que tus historias las leerán otros por la noche. Se me vuela el castillo de naipes si una y otra vez no hago que poner la carta equivocada. Créeme que he encerrado a mis dragones, por si tu miedo es enfrentarte a ellos. Y si algún día vuelan, su doma está en tus manos que más de una vez has demostrado capacidad suficiente para hacerlo. No hay balcones en esta ciudad desde los que el otoño ya no se sienta. Ni huecos en mi cuerpo que no se estremezcan, premoniciones de noviembre frío. Soledad que no se seca con una copa de vino, con dos ni con tres. 
Vamos a intentar caminar juntos. Si alguno de los dos caemos, lo habremos intentado.







07 octubre, 2017


5 momentos








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Cuando creí que la última copa terminaba de caer al suelo me di cuenta de que ya no había más árboles en el camino para seguir bebiendo. Nuevamente luna llena como si alguien la hubiese pintado en un cielo mudo que se ha quedado sin canciones que susurrarnos al oído. A los locos que buscamos estrellas en el cielo de Madrid. Esas ganas de volver a casa por las mañanas al despertar, de oler la calefacción cuando entra frío por la ventana. Cuando acabé de creerme todas tus mentiras iba demasiado borracho como para reprocharte todos los besos que me debes por el tiempo que los he esperado, dos por día, 5 por momento. Eché de menos cosas que necesitaba pero ni conocía. De la nada había construido un castillo de naipes que el tiempo fundió hasta que no quedó nada. No queda nada. Lo que ocurre es que la nada ocupa más que todo. El vació se siente mucho más que el castillo, con que pienso más ahora que antes en tus ojos al sonreír. Siento muchas veces que un montón de pájaros llenan mi habitación de noche, vuelan por el techo y se meten en mi cabeza. La tengo llena de ocupas. Pero luego necesito jardín en la palma de los pies y oxígeno en los pulmones. Por activa y por pasiva intento escapar de ese círculo que me he dibujado en el suelo y que apesta a contaminación. Un círculo que empieza a levantar un muro por su cuenta, que apenas me deja ya mover los brazos. Cuánto miedo a lo que vendrá. Cuando escuché por última vez una de tus bromas me prometí que las escucharía todos los domingos en la nuca al despertarme. Necios que buscan promesas de dos. Necio que amanecen todos mis domingos con un solo alma en la cama. 

26 septiembre, 2017

Sobrevivir a fashion week















'Una tras otra' así terminé la fashion week, no penséis mal, eran cervezas. Tras varios kilometros caminados al rededor de IFEMA y en especial, al rededor del #MBFashionClub, podía cargar dos baterías de móvil con mi electricidad estática corporal. He de admitir que hubo un día que tuve que ponerme hielo en las rodillas, otra vez no penséis mal: era de caminar. Pese a que la moqueta rosa parece ser un cliché fashion que intenta atraer entre otros décadas prodigiosas mezcladas con un neologismo moderno era irremediablemente cómoda, pero una comodidad incómoda. Es decir, me quería descalzar una y otra vez como para andar por casa pero los niveles de moda en algunos rincones de esa nave a 50 minutos en transporte público de mi casa alcanzaban un nivel en el que todo el rato pensaba "ojalá no me muera aquí porque creo que no llevo la ropa interior adecuada". Hubo días que terminé con la boca seca, más seca que Almería en agosto. ¿Mi misión? Atraer a cuanto más público pudiese a mi guarida mercediana llamada Mercedes-Benz Fashion Club o para millenials: #MBFashionClub. También os digo que mi misión se me hizo muy amena muchas veces e incluso puedo decir que me divertí un montón, tengo apuntadas en mis notas del móvil una de las anécdotas en la que una niña me pidió que le dijese a Guillermo Campra que se hiciese una foto con ella. ¡Ah! Se me olvidaba, en esos 5 días que dura la fashion week hay muchos tipos de personas, tribus urbanas, jerarquías y yo era de los más buscados: los que teníamos pase de backstage. Os digo esto porque esta niña que rondaría los 13 años veía esa tarjeta azul como un pase a donde yo quisiese y a quien yo quisiese, siendo Guillermo, aquel niño que yo conocía de los pocos capítulos que vi en mi vida del Internado, uno de mis alcanzables. Inocente de mí que pensaba que estas jóvenes conocían al actor en cuestión por sus papeles en televisión, pero no, en una hazaña por prometerme a mi mismo quedar mal en presencia de 5 niñas tímidas de 12 a 15 años les pregunté si le conocían por la famosa serie. 'No, le conocemos de Instagram'. Ahí es cuando me di cuenta que mis amigas, Rebelde y yo nos habíamos quedado en otra generación. Que ya no escucharía nunca más a nadie hablar de Pasión de Gavilanes en ningún colegio y que ahora las niñas solo hablan de una telenovela conocida como "DulceSquad".
He de decir entre todo esto que me encargué de conocer a mucha gente, irremediablemente el último día llegué a mi casa con ganas de portarme mal, de insultar a alguien o de quitarme ese peso de amabilidad eterna, que no falsa pero para mí la amabilidad es como hacer ejercicio: llega un momento que cansa. Y así fue como pasé mis días de semana de la moda madrileña entre viajes de metro, comida de menú de cafetería y mucho glamour que en ocasiones se caía por alguno de los lados, como si de alguna pata cojease. Nada que dejase en el tintero para esta mi primera fashion week en el que hubo un momento en el front row de Jorge Vázquez en el que me pregunté si aquello era mi mundo mientras pensaba en lo que hacía un año antes, en mi pueblo aún discutiendo si me valdría la pena venirme a Madrid. Pareció que sí, o así lo dejaron ver el último día las personas tan maravillosas que me he encontrado en este pequeño corto de tiempo. Y es que cuando sales de IFEMA el último día ya no recuerdas en qué mes entrabas, cuál era la estación en la que estabas o qué hora es. En mi caso, apenas recordaba caminar pues había dado la vuelta a esa palabra. 
Pero entre carrera al backstage, Kaikus que no me dejaban dormir, Luceral pinchando reggaetón por la tarde y mis paseos a los chicos del showroom de Samsung EGO para recordarles una y otra vez que subiesen stories utilizando el hashtag correcto vi que prefería estar allí. Que realmente me merecía la pena no sentir el pie derecho o no poder echarme de lado por la ciática por saber que contaba con un equipo detrás que molaba un montón y que mi trabajo estaba siendo bien valorado. 
Conversaciones que se quedaron en los pasillos de aquel backstage o en el baño en el que alguna vez escuché más que hacer pis pero que todo acaba cuando los de mantenimiento apagan una temporada más la luz de la nave 14 y se duermen todas las historias que quedan dentro. Todas esas sonrisas que vi de niñas que buscaban como locas poder pasar a ver un desfile porque realmente les encanta la moda o a todas esas celebrities que llegaban cansadas por estos días que parecían no terminar para nadie. A esa prima de las Azúcar Moreno que me pidió un día un vodka. A los azafatos que compartieron conmigo dolor de pies. En fin, a un conjunto de emociones, de nervios de última hora, de sittings que parece que no acaban de quedar bien, de flyers que llegan 2 minutos antes de empezar el desfile, de complementos que se quedan en el vestuario, de lágrimas de alegría, una nube densa de distintas personas y personajes que conviven en aquel lugar, aquella selva de la moda en la que todos dependen los unos de los otros, periodistas de comunicadores, diseñadores de marcas pero que a la vez todos quieren más. Una carrera de cinco días en la que te encuentras piernas de zancadillas y manos para levantarte. Solo hay que saber por dónde se corre. 


Pelayo Salor