30 julio, 2017



the night we met





Te prometo que te cambio tus cervezas de dos peniques por todos los momentos que me va a doler la barriga de reírme. Que, como te cuento, he comenzado a buscarte en rostros de desconocidos que cruzan Gran Vía. No me acuerdo nunca de cómo estoy si estoy contigo hasta que te tengo al lado sonriendo y hablando a la vez. Deja de pincharme la barriga y de tocarme el corazón. Que me he cansado de esta muela que no me deja quererme y de tu sonrisa que cada vez que pestañeo aparece detrás de mis párpados. Me pregunto cuántas citas más van a quedarse en el tintero. Ese maldito trabajo que te roba nuestro tiempo. Esas ganas de pegarme a ti sin rozarte. Aprender a cruzar la calle mirando al frente sin distracciones. Aún estoy estudiando cómo coger el tren que me asegure llegar a mi destino en lugar de siempre andar quedándome a mitad del camino. Que quizá sea el calor de Madrid o el que me da esa camisa que nos compramos aquel día en el rastro, pero de todas formas quiero caminar contigo por y no por la sombra. Que algún día nos encontraremos y te diré que seguí tu consejo, que el "te dejó por otro" hizo mella y que aprendí a quererme con o sin muelas del juicio. ¿Cómo escribirte que me has alegrado el final de este primer año en Madrid viniendo a vivir a esta ciudad de locos? Y, como no podía ser de otra forma, convirtiéndote en otra de las locas que cierra bares en Lavapiés y amanece bajando la calle Embajadores. Que no nos cuenten a nosotros cómo anochece en la calle. Que nos pregunten cuántas estrellas se ven desde Malasaña. Las llevas todas en las pecas de la cara y en las veces que sonríes por palabra. Máquina. Textos que se acumulan y que se convierten en canciones, "no estoy lo suficientemente enamorado como para escribirte eso". No, no lo estás. Vamos a matar un par de flores haciendo picnic en el Retiro. Voy a volver a verte sentado en esa ventana cada vez que pase por ella porque, caramba, no recordaba tus ojos tan sumamente verdes.
Y al resto, la luna nos ha visto fundirnos pero me he prohibido guardarme en la memoria aquello que no llega ni a un desayuno. 



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